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Antes que económica, nuestra crisis es moral

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Por Agustín Laje (*)

Cumplido el objetivo de la reelección kirchnerista, el modelo económico del mal llamado “proyecto nacional y popular” comenzó a desmoronarse, evidenciándose que no se trataba sino de una cómoda ficción recaudadora de votos que se acerca a pasos acelerados a su final.

En efecto, la inminencia de una profunda crisis económica es advertida a diario por el grueso de una sociedad que se ha vuelto experta en detectar falencias en cuestiones del orden tangible, como el bolsillo, pero totalmente ciega frente a las apabullantes fallas en dimensiones intangibles, como la moral.

¿Pero para qué nos sirve la moral?

Los hombres precisan de un código moral que ordene sus acciones y defina, al mismo tiempo, los valores correctos para vivir. Tal código puede ser incorporado conscientemente a través de una rigurosa formación filosófica o religiosa, o bien inconscientemente a través de lo que diariamente absorbemos del entorno cultural y político que nos rodea. La mayoría casi absoluta de las personas adquieren su código moral de esta última forma, de manera inadvertida.

Ahora bien, dado que la cultura y la política han sido monopolizadas por la izquierda (desde la más moderada hasta la más oxidada hoy ejercen hegemonía en sendos campos), el código moral de los argentinos ha quedado a merced del código moral colectivista.

Así las cosas, son numerosas las enseñanzas que nuestra sociedad ha ido aprendiendo durante todos estos años de socialismo:

Se nos ha enseñado a rendir culto al Estado, casi de manera religiosa, bajo el engaño de que en él se encuentran las soluciones a todos nuestros problemas.

Se nos ha enseñado que el Estado no debe ser limitado: cuanto más obeso, mejor. Y por consiguiente, aceptamos sin chistar, por ejemplo, que el gobierno destine millones de pesos para comprar medios y rentar periodistas e intelectuales de vocación felpudista que lo defiendan, o que se aventure a manejar empresas que dan millones de dólares de pérdidas diariamente y servicios de pésima calidad.

Se nos ha enseñado a valorar más la redistribución que la producción; más la holgazanería que el trabajo; más la viveza criolla de vivir a través de los demás, que el esfuerzo que implica vivir como un hombre independiente.

Se nos ha enseñado que la responsabilidad no es una virtud, sino un vicio. Aprendimos, por tanto, que no somos responsables de nada. En efecto, siempre habrá algún chivo expiatorio (verbigracia, el “imperialismo yanqui” o la “burguesía”) que cargue con la culpa de nuestros propios defectos y errores.

Se nos ha enseñado que el individuo no tiene valor; su existencia, según nos dijeron, se debe por entera a la sociedad (que curiosamente, aunque no se lo advierta, no es más que la suma de los individuos y sus interacciones). No por su propio bien, sino por un difuso “bien común” –tal como aprendimos- el hombre tiene derecho a vivir.

Se nos ha enseñado a relativizar la propiedad privada, lo cual significa, relativizar el sudor de los demás. Con ello aprendimos que la servidumbre es una virtud, y que las personas pueden ser tratadas como bienes de uso.

Se nos ha enseñado, asimismo, que los hombres pueden y deben ser iguales no en su esencia, sino en sus condiciones particulares. Lastimosamente, las toneladas de sangre que han sido menester derramar en países que se propusieron intentar ese imposible no han alcanzado para demostrarnos que no es la igualdad económica, sino la libertad económica lo que debemos valorar.

Se nos ha enseñado que la violencia es mala o buena dependiendo de quién la practique. Es por ello que nos vistieron con una remera del asesino Ernesto “Che” Guevara y nos enviaron a reclamar por los desaparecidos a un acto.

Se nos está enseñando, en este preciso momento, que la mujer puede prescribir la muerte de un niño por nacer. Ella puede bajar el pulgar, como hacían los césares para ordenar que alguien fuera asesinado, y así acabar con esa molestia que es su hijo. Después de todo, no somos responsables de nada, como ya aprendimos con anterioridad.

Estas son sólo algunas de las enseñanzas que hemos ido incorporando los argentinos con el correr de varios años de hegemonía cultural izquierdista. Antes y más gravemente que la economía, es nuestro código moral, como queda claro, el que está agonizando.

(*) Agustín Laje tiene 22 años, es autor del libro “Los mitos setentistas” y miembro de la Red de Escritores Latinoamericanos “Plumas Democráticas”. Su email es agustin_laje@hotmail.com y su twitter @agustinlaje .

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